Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
Programa 2004
La erosión; ese enemigo silencioso al que el hombre ayuda a destruir la epidermis de la Tierra
Resumen de la conferencia por:

Mateo Gutiérrez Elorza
Nacido en 1941, Burgos. Estudios de Geología y Doctorado en la Universidad de Madrid. Profesor adjunto de Geografía Física en la Universidad de Madrid. Subdirector del Colegio Universitario de Teruel. En la actualidad Catedrático de Geomorfología de la Universidad de Zaragoza. Curso de postgrado sobre Geomorfología de los Desiertos en las Universidades de Sao Paulo USP, Brasil y Universidad de San Juan, Argentina. Presidente de la Sociedad Española de Geomorfología y Vicepresidente de la Asociación Española para el Estudio del Cuaternario. Académico Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid. Académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Zaragoza. Miembro del Comité Ejecutivo de la International Association of Geomorphologists. Local Organizer of the Sixth International Conference on Geomorphology
 
texto completo publicado de la conferencia (pdf - 867 kb.)

resumen

Aunque el hombre ha poblado la tierra desde hace unos tres millones de años, su interacción con el medio ambiente comienza a ser relevante hace tan solo unos 10.000 años, con el advenimiento de la revolución de la agricultura y, sobre todo, con las más recientes revoluciones industrial y médica. El hombre afecta a la vegetación, fauna, suelo, aguas y clima, por lo que representa un importante agente geomorfológico, ya que modifica con su actividad la superficie terrestre y, a su vez, interfiere en la actuación de los procesos geomorfológicos, muy particularmente en los procesos de erosión.

El hombre ha utilizado el fuego desde el Paleolítico por diversos motivos: para aclarar el bosque, incrementar la agricultura y ganadería, cocinar, repeler ataques enemigos, etc. Esto ha dado lugar a modificaciones en la cobertera vegetal, que a su vez han modificado de manera notable los procesos de erosión hídrica. La reducción de la protección que ofrece la vegetación, a través de la tala de bosques o el pastoreo excesivo, puede hacer que un terreno forestal o agrícola se convierta en un área cruzada por regueros y barrancos, dando lugar a importantes campos de cárcavas, con la consiguiente pérdida de suelo y degradación del potencial productivo de la misma, y ocasionando problemas añadidos en las zonas de acumulación de los sedimentos así originados. Un ejemplo bien documentado, que refleja fielmente estas modificaciones, es el de la colonización de las zonas áridas del oeste de los Estados Unidos.

El suelo es la delgada "epidermis de la Tierra" sobre la que se asienta el desarrollo de la vida en las zonas emergidas y que constituye la base de numerosos recursos de gran valor para los seres humanos. Por desgracia, la actuación humana se ha convertido en un involuntario colaborador de los principales procesos que degradan esa epidermis, entre ellos pero no solamente, la erosión. La degradación de los suelos es especialmente importante en las zonas áridas y semiáridas, en las cuales, además, el desarrollo de sistemas de regadío desencadena una paulatina salinización, lo que conduce a la desertificación y muerte de la vegetación.

El aumento de la erosión se traduce, por otro lado, en incrementos considerables de los sedimentos aportados a los cursos de agua. Esto acelera la colmatación de los cauces, aumenta los riesgos de inundación y acorta la vida útil de los embalses. Por otra parte, la creciente construcción de embalses, que actúan como trampas de sedimentos, produce efectos contrarios, reduciendo la carga sólida que los ríos aportan a las costas, lo que a su vez provoca la erosión de deltas y de playas.

Tenemos, en resumen, un delicado equilibrio entre una serie de procesos interdependientes que determinan la erosión de la superficie terrestre, la génesis, evolución y conservación de los suelos y de su capacidad como sustentadores de la vida vegetal y de las cadenas tróficas, así como la acumulación de sedimentos y el mantenimiento en condiciones sostenibles de determinados rasgos o del funcionamiento de ciertos agentes geomorfológicos de capital importancia para la humanidad. Todo indica que nuestra influencia sobre ese equilibrio dista mucho de ser positiva y que, además, es en la actualidad el principal factor determinante del mismo.