Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
Programa 2002
Cómo y por qué envejecemos. El reto de una longevidad sana
Resumen de la conferencia por:

Pedro García Barreno
Doctor en Medicina. Subdirector de Investigación y Director de la Unidad de Medicina y Cirugía Experimental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid, del que fue Director. Secretario General del Instituto de España. Académico de Número y Bibliotecario de la Real Academia de Ciencias. Miembro numerario de Philosophy of Science Association, Stress Soc. Intern., Royal Society of Medicine (Lond.), Shock Society, etc. Editor de la Revista de la Real Academia de Ciencias, Director de la Revista ARBOR del CSIC
 
texto completo publicado de la conferencia (pdf - 1.59 mb.)

resumen

Uno de los cambios más espectaculares de las últimas décadas ha sido el impresionante envejecimiento poblacional. Ello es un tributo del éxito de las modernas medidas de salud pública y de los avances en biomedicina. A la vez, representa un serio problema para las sociedades y los gobiernos debido a los costes, sociales y económicos, inherentes a la atención de los más viejos. La palabra geriatría fue acuñada, en 1909, por Ignatz L. Nascher, un inmigrante austriaco en los EE.UU. Si el padre del vocablo fue Nascher, Marjory Warren fue la madre de la especialidad médica, a quién se debe el establecimiento de las primeras unidades geriátricas por el Servicio de Salud del Reino Unido, en 1948.

La biogerontología ha estado, hasta hace relativamente pocos años, en la trastienda de la biología. Sin embargo, el progreso acaecido en el análisis genético, cuantitativo y cualitativo, de la longevidad ha supuesto una revolución en la investigación del envejecimiento. ¿Cuánta normalidad tiene el envejecimiento?, o ¿es la manifestación de los alelos favorables de aquellos genes que tienden a expresar ciertas patologías? Los genes que promueven un estado saludable están comprometidos en funciones rutinarias; expresan proteínas involucradas en la viabilidad celular y en su resistencia a la agresión y forman parte de un conglomerado de genes que dictan, de manera programada, una existencia longeva. Errores graduales en este sistema de mantenimiento celular pueden actuar de trampolín con el que los cambios genéticos adversos, que promocionan la enfermedad, van ganando posiciones para ser protagonistas en la vejez. Pero ¿cuáles son los cambios fundamentales que potencialmente nos afectan, nos debilitan progresivamente y, finalmente, nos vulneran con los años?

El descubrimiento de que mutaciones monogénicas pueden incrementar la longevidad de ciertos organismos de manera espectacular, ha sorprendido. Tales mutaciones indican que el envejecimiento está sometido a regulación génica y que no es un proceso aleatorio y caótico. Más sorprendente es que un sistema regulador de la longevidad, evolutivamente muy conservado, pudo tener una aparición muy precoz en la escala evolutiva. Tal sistema regulador está también involucrado en el control de los estadios quiescentes (dipáusicos) que permiten a un animal enfrentarse, mediante la acumulación de reservas energéticas o suprimiendo la reproducción, a condiciones ambientales adversas. El estado quiescente por excelencia es la menopausia, que señala la pérdida permanente de los ciclos menstruales en la vida de la mujer. Su impacto afecta más allá del sistema reproductor. La comprensión de los factores que gobiernan el proceso de envejecimiento del sistema reproductor puede ayudar en el desarrollo de estrategias que alivien los aspectos desfavorables de la menopausia a la vez que ayuden a comprender el proceso de envejecimiento biológico. El envejecimiento y las enfermedades que lo acompañan son entidades separadas pero, ambas, bajo control genético. En cualquier caso, las causas moleculares del envejecimiento son diversas y, en ocasiones, contradictorias. Por ello, las medidas propuestas para retardarlo o mejorarlo son, igualmente, dispares.

Casi todo el mundo teme los cambios que, posiblemente, el envejecimiento acarreará a sus facultades mentales. Y algunos cambios parecen inevitables: el envejecimiento nos hace más olvidadizos y más perezosos a la hora de aprender cosas nuevas. Sin embargo, en los cerebros sanos los cambios que acompañan al envejecimiento son selectivos y apenas incapacitantes. Es más, los cerebros ancianos pero sanos, estructuralmente preservados, pueden reconstruir su función mediante diferentes estrategias. Ello va siendo válido para los diferentes órganos y sistemas; sin embargo, aunque la longevidad, y la vejez sana sobre todo, incrementan, la supervivencia máxima de la especie se mantiene inalterable. La expectativa de vida está determinada por los efectos de los riesgos genéticos (enfermedad de Alzheimer o diabetes, por ejemplo) y ambientales (alimentación o xenobióticos, por ejemplo) asociados con la edad y la enfermedad.

El envejecimiento es un proceso vital; no es un acontecimiento terminal. Con frecuencia, la ancianidad se confunde con condiciones que lo son específicas de la vejez, como la flaqueza o la infelicidad, incluso la muerte. Los adultos más viejos alcanzan, con más frecuencia que los menos viejos, la sabiduría; aunque sean menos hábiles. Ante la esperanza de que más y más personas vivan más, y de que así sean más sabias, ¿quién puede negar la participación de los ancianos al progreso del futuro?