Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
Programa 2002
Oriente y occidente en la formación de la ciencia
Resumen de la conferencia por:

Manuel López Pellicer
Licenciado en Ciencias Físicas. Doctor en Ciencias Matemáticas. Ha sido Profesor Agregado de Análisis Funcional en la Universidad de Valencia y desde 1979 Catedrático de Matemática Aplicada en la Universidad Politécnica de Valencia. Académico Correspondiente de la Real Academia de Ciencias desde 1989 y Académico Numerario desde 1998. Sus campos de trabajo son la Topología Conjuntista y el Análisis Funcional, con aportaciones en espacios topológicos completamente regulares, espacios vectoriales topológicos y teoría de la medida
 
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resumen

La historia de la ciencia ayuda a comprender su significado profundo y a quitar presunción. Tal vez nunca tendremos suficientes precisiones de cómo empezó en el hombre el ansia del conocimiento. El desarrollo del lenguaje, escritura, rueda y fuego pudo implicar la colaboración secular de miles de hombres cuyos progresos fueron asegurados por el genio excepcional de algunos de ellos. La evolución que preparó el amanecer de la ciencia pudo durar decenas de miles de años. Se completó al comienzo del tercer milenio antes de Cristo en Egipto y en Mesopotamia y, posiblemente, en India y China.

El calendario egipcio de 365 días fue establecido el año 4241 antes de Cristo. En el cuarto milenio a.C. los egipcios ya tenían conocimiento de un sistema decimal de numeración. A mediados del milenio siguiente los sumerios desarrollaron un sistema de numeración extremadamente técnico y los babilonios acumularon observaciones de planetas con propósitos astrológicos. Sabemos que la gran pirámide de Gizeh, que durará más que muchos de nuestros rascacielos, data del siglo XXX a.C. y que en esa época los egipcios ya tenían ciertos conocimientos médicos.

El saber en Egipto se fue sistematizando. Los papiros Galenishchev y Rhind prueban que los matemáticos egipcios del siglo XVII a.C. podían resolver ecuaciones y problemas aritméticos y geométricos. También de esta época es el papiro Edwin Smith, tratado médico de cuarenta y ocho casos con nombre, examen, diagnóstico, tratamiento y glosa.

Entre las edades de oro de las culturas egipcia y griega hay una laguna de casi mil años, debido a que los acontecimientos revolucionarios del principio del primer milenio a.C. borraron la cultura egea más antigua. La Ilíada y la Odisea, primicias de la edad de oro griega, nos hacen preguntarnos qué hizo posible esas obras maestras. La misma pregunta surge al considerar la perfección de los tratados científicos griegos, pues no somos capaces de describir con completitud la transmisión de elementos de Egipto a Grecia. Es difícil explicar el florecimiento del espíritu griego. Al hablar del milagro griego estamos admitiendo nuestra ignorancia de lo sucedido entre los siglos XVII y VI a.C.

Sí sabemos que la astronomía griega se inspiró en modelos egipcios y babilonios. Antiguas observaciones babilónicas permitieron a Hiparco redescubrir la precesión de la Tierra, fenómeno ya descrito por astrólogo babilonio Kidinnu en el 343 a.C. También en la aritmética griega se notan influencias egipcias y babilónicas. Su representación de fracciones es egipcia y la de las fracciones sexagesimales es babilónica.

En un período de cinco siglos el espíritu de la ciencia griega realizó maravillas que constituyen el orgullo de los científicos modernos, si bien los fundamentos fueron totalmente orientales. Luego la corrupción moral y política pudo ser una causa de la desaparición de la ciencia griega, de su arte y de su literatura. Roma conquistó a Grecia, que a través del tiempo conquistó a sus conquistadores, si bien la resultante ciencia romana no fue más que un pálido reflejo de la griega.

Primero los romanos y luego los bárbaros fueron responsables de que la conexión con la cultura griega fuese cada vez más floja.

Afortunadamente, en el 642 los musulmanes conquistaron Persia y entraron en contacto con su civilización antigua y refinada. Entre el 750 y el 1258, los califas 'abbâsiees establecieron su capital en Bagdad, que se transformó en un gran centro cultural gracias a una serie de califas que demostraron pasión por el conocimiento, como al-Mansûr, Hârûn y al-Rashîd, y a la influencia de los persas, conocedores de las fuentes del saber en sánscrito y griego. Los árabes aprendieron de los hindúes aritmética, álgebra, trigonometría y alquimia; de los griegos lógica, geometría, astronomía y medicina. Advirtieron la inmensidad del tesoro griego y no descansaron hasta que tradujeron al árabe la parte que les fue accesible. Contaron con la ayuda de sirios y otros súbditos del califato que hablaban griego y árabe.

El vigor de la nueva cultura árabe se aprecia en el triunfo del idioma árabe, enriquecido al verter los tesoros griegos sobre el inicialmente reducido vocabulario árabe. Prueba de ello es que la Guía de los Perplejos, que es el gran tratado judío de la Edad Media, fue escrito por Maimónides en árabe.

Los árabes, además de transmisores, fueron creadores de nuevos conocimientos. Sobre bases greco-hindúes edificaron el álgebra y la trigonometría; el gran astrónomo Ibn Yûnus y el célebre físico Ibn al-Haitham hicieron famosa la escuela matemática del Cairo en la primera mitad del siglo XI; reunieron abundantes observaciones astronómicas y sus críticas al sistema de Ptolomeo prepararon la reforma astronómica del XVI; enriquecieron la medicina y la química y mejoraron la óptica y la meteorología. Al bereber Ibn Khaldûn se le debe la más completa y original historia de la filosofía escrita en la Edad Media.

La supremacía musulmana terminó a finales del siglo XI. Por entonces cristianos y judíos comenzaron a pasar el saber greco-árabe al latín y al hebreo, destacando el traductor Constatino el Africano, que murió en el monasterio de Monte Cassino en 1807. En los siglos XII y XIII encontramos importantes traductores, casi creadores, como Adelardo de Bath, Juan de Sevilla, Domingo Gundisalvo. El más famoso fue Gerardo de Cremona, quien en 1175 tradujo del árabe Almagesto en la Escuela de Traductores de Toledo. Su prestigio oscureció la traducción directa del griego de Almagesto hecha en Sicilia en 1160.

A finales del siglo XIII algunos grandes doctores de la cristiandad, como Alberto Magno, Roger Bacon o Ramón Lull, reconocían la superioridad de la cultura árabe, que ya declinaba, pues el centro de gravedad cultural se desplazaba a Occidente.

A los árabes del siglo XII primero y a la cultura occidental después se debe la hazaña más importante de la Edad Media, que fue la lenta incubación del espíritu experimental de la que nacería la ciencia moderna. Los descubrimientos de la imprenta y del nuevo mundo aceleraron su desarrollo. A principios del siglo XVI, Leonardo da Vinci es su primer reivindicador consciente y a principios del siglo siguiente otro toscano, Galileo, se convierte en heraldo de la ciencia moderna.

El espíritu experimental es la disciplina de pensamiento más elaborada. Tiene apariencia revolucionaria, pero es conservador, pues no extrae conclusiones hasta que su validez se haya establecido y verificado de muchas maneras.

Cuatro partes conforman, pues, la elaboración de la ciencia moderna: el desarrollo empírico del conocimiento en Egipto y Mesopotamia; la construcción de una estructura racional de sorprendente vigor y belleza por los griegos; el período medieval con siglos de tanteos salvados por el esfuerzo transmisor y creador del pueblo árabe; y el desarrollo del espíritu experimental.

La ciencia moderna es hija de oriente y occidente. Su doble origen es otra motivación a servir mejor a la verdad en beneficio de la humanidad.